AMP_Bcn


Twilight Zone | Arnau Blanch

19/12/2019 - 07/02/2019


+ PROJECTS


Texto

Un mundo suspendido

Buscaba la intervención del azar en su trabajo como una forma de colaboración con las fuerzas ignotas. Por ello -o por cualquier otra razón, quién sabe!-, hacia el final de sus días, se dedicó a pintar con acuarela y tinta sobre distintos tipos de papel. Más allá de los resultados que obtuviera lo que le interesaba era lo que estas técnicas tenían en común, es decir, su extrema fluidez y la propensión al accidente y el desbordamiento. Es decir, su tendencia a salirse de los límites. Es decir, su propensión a delirar.[1] Fiel a su propio credo se acercó a las sustancias alucinógenas de manera metódica y moderada. Su intención, más allá de cualquier cosa, era observar el comportamiento de la consciencia en condiciones experimentales.

Sucedió en el año 1955. Tenía 56 años de edad. Y si hasta entonces había pintado para sorprenderse a sí mismo y provocar acontecimientos materiales proactivos al nacimiento de figuras, signos y paisajes enigmáticos, esta vez la cosa iba a ser distinta: con ayuda de médicos y científicos, próximos al universo de la literatura, accedería a formar parte de un experimento con mescalina[2].

Deslumbrado por las mutaciones psíquicas y sensoriales que experimentó en primera persona, decidió explorar, en detalle, los efectos de esta sustancia. Es decir, de manera profunda. Más o menos durante cuatro años. O sea, hasta el inicio de los años sesenta. Y de las numerosas sesiones en las que participó, dándose cuenta a cada segundo, surgió un gran número de dibujos siguiendo un esquema de surcos y ramificaciones, principalmente de orden ascendente, saturado de simetrías y micrografías. Llegó a decir, incluso, que si tuviera que adscribirse a algún movimiento éste sería el fantasmismo, es decir, un arte de espectros y apariciones.

Escritor, artista y cartógrafo de la imaginación, Henry Michaux, nuestro sujeto, no ha sido el único que se ha lanzado, para crear, en brazos de sustancias psicotrópicas. Picasso, Van Gogh y Degas fueron en brazos de la absenta; Syd Barret, Janis Jopling, Jim Morrison, los Beatles, William Burroughs o Aldous Huxley en los del LSD; Thomas Alva Edison en los de la cocaína; Lewis Carroll en los de los alucinógenos[3]. Y Wordsworth, Coleridge y, sobre todo, Thomas de Quincey en brazos del opio[4].

Para de Quincey, el opio fue, sobre todo, un vehículo, un motor. Un accidente[5] del que obtener pingües provechos literarios. El propio escritor lo asociaba a su facultad de ensoñación y a su extrema sensibilidad intelectual. De no ser así, se cree que su adicción al opio habría sido una enfermedad crónica, es decir, un caso perdido.

La intención de de Quincey al escribir sus famosas Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), no fue tanto la de narrar los efectos derivados del consumo de opio -su consumo de opio- como de exponer sus influencias en una mente que, como la suya, se reconocía privilegiada y dotada de facultades inusuales.

Pese a la asociación que, tradicionalmente, se establece entre el uso de sustancias psicoactivas con la capacidad de crear e innovar, nadie sabe exactamente qué hay de cierto en todo ello. De modo que por numerosos que sean los artistas, músicos, escritores e incluso científicos que atribuyan sus logros al consumo de drogas, nada indica que este maridaje no sea más que un mito. Un mito alimentado, quizás, de falsas certezas. Mientras se intenta esclarecer, desde la ciencia, si el consumo de psicoactivos afecta los procesos cerebrales relacionados con la creatividad o si el cambio que experimenta el consumidor tiene que ver más con los efectos secundarios asociados a las sensaciones de placer y éxtasis, su consumo, desde el arte, no se ve con malos ojos[6].

Se valora su capacidad para abrir puertas a paraísos artificiales.

En su esfuerzo por describir experiencias visuales extremas, Arnau Blanch se libra a la creación de un paraíso artificial que, al igual que el de sus anteriores correligionarios, se dirime entre lo que ve y lo que intuye, entre lo que toca y lo que imagina, entre lo que vive y lo que siente…. en todo lo que habita en esa franja de espacio y tiempo conocida, para que nos entendamos, como estado de vigilia. El lugar donde habita el delirio. Es decir, fuera del límite.

Considerado como un estado consciente caracterizado por su alto nivel de actividad -en especial en relación al intercambio de información entre el sujeto y su medio ambiente- el estado de vigilia se expresa en el substrato de la conciencia, es decir, el lugar donde habitan parámetros tan distintos como las sensaciones, las percepciones, la atención, la memoria, los instintos, las emociones, los deseos, el conocimiento y el leguaje. Es decir, el espacio donde Blanch vierte un año de su vida para, a su regreso, dejar constancia de su rugosa profundidad. De su colorista realidad sobre la superficie de un negativo.

A medio camino entre la pintura y la fotografía pero también entre un cuento y una pesadilla, la serie Twilight Zone, concebida por Blanch en 2016, dibuja una suerte de paisaje interior que si bien surge de su interés en hacer tangible el universo de los sentidos, resulta, para el ojo, de una enorme credibilidad. Desde la visión macroscópica a la observación microscópica.

Alterando la idea del negativo fotográfico mediante el uso de acetatos transparentes intervenidos con anilinas, escáneres, pigmentos, alcohol, soplete, jabón, cerillas, lejía, laca o un sinfín de materiales que, más que acariciar el material, hieren su superficie hasta casi terminar con su razón de existir, lo que hace Blanch a través de sus obras es arrojar la mente del espectador en brazos de una abstracción orgánica y fluida. En brazos de un mundo suspendido. En una zona media entre el sueño y la vigilia.

Allí donde nada importa porque todo ya está bien.

 

Frederic Montornés

Noviembre 2019

[1] «La lira era, en el mundo romano, el surco, la huella que delimitaba la ciudad. En consecuencia, quien de-lira se coloca más allá de los límites, fuera de la figura -de orden- ciudadana». La ciudad desnuda, pág. 168, Alberto Ruiz de Samaniego

[2] un alcaloide extraído del peyote, un pequeño cactus, sin pinchos, de origen mejicano

[3] de ahí las pociones del hongo Amanita Muscaria que se toma Alicia o la pipa de opio que fuma la oruga

[4] de ahí su novela Confesiones de un inglés comedor de opio

[5] Apunta Francis Bacon en una entrevista con Marguerite Duras: «No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo «el accidente»: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente. Pero si uno se para en el accidente, si uno cree que comprende el accidente, hará una vez más ilustración, pues la mancha se parece siempre a algo. No se puede comprender el accidente«.

[6] Dice Perec en su novela Un homme qui dort: «cierras los ojos, los abres. Formas virales, microbianas, en el interior de tu ojo o en la superficie de tu córnea se desvían lentamente de arriba abajo, desaparecen, vuelven de repente al centro, apenas cambiadas, discos o burbujas, briznas, filamentos torcidos cuyo ensamblaje dibuja una especie de animal casi fantástico«. Citado en pág. 170 de La ciudad desnuda, de Alberto Ruiz de Samaniego