Lucía C. Pino, Antoni Llena ‘Panta rei. Tot flueix. Antoni Llena i Lucía C. Pino’

24 Feb - 25 May 2022
‘Panta rei. Tot flueix. Antoni Llena i Lucía C. Pino’

Overview

[…] Con la presentación conjunta de obras de dos artistas pertenecientes a momentos vitales y contextos diferentes, como son Antoni Llena y Lucía C. Pino, constatamos que los límites generacionales se difuminan porque existen sensibilidades y corrientes culturales que se repiten y establecen afinidades.

En el contexto artístico el término “generacional” tiende a considerarse caduco. “la idea de generación es una de las más resbaladizas del campo del arte. Los límites son imprecisos; las distancias vaporosas; y la pertinencia, discutible (…)En los tiempos que corren, dispersos de por sí, el termino generacional languidece al tiempo que clama una regeneración. (…) Llamémosle círculo de intereses, motor de correspondencias, pulso común, maneras de hacer, grupo de afinidad o sistema celular, ilusión o coincidencia. Ahí el rango de edad pasa a un segundo plano y la identificación es transgeneracional”, afirma Bea Espejo (El País, 2020).

El cambio perpetuo y el fluir son características que emergente en las obras de los artistas presentados. La expresión de esta transformación sin freno se manifiesta en los materiales que eligen. “(…) importa qué materiales usamos para pensar otros materiales, qué cuentos contamos para contar otros cuentos y qué historias hacen mundos”, dice Donna Haraway, referente para tantos artistas contemporáneos (Duke University, 2016).

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Las obras de Llena y las de C. Pino otorgan gran protagonismo a los materiales que, a través de su precariedad, hacen evidente la despreocupación por la trascendencia o la persistencia en el tiempo de estos creadores. En ambos casos, los materiales utilizados los sitúan cerca del arte pobre, sin que esto se pueda considerar un encasillamiento o etiqueta en ninguno de los dos. Sus materiales son sencillos, cotidianos, algunos naturales, otros artificiales, en ocasiones sobres de nuestra Sociedad industrial que nos hablan de la fragilidad humana y son, en su simbolismo, a la vez metáfora de nuestra existencia languidecida y crítica velada al consumismo desmedido. Contienen en ellos mismos el cambio y la transformación constante que implica el transcurrir del tiempo.

Lucía C. Pino investiga las posibilidades de conocimiento, no centrado en lo humano, observando el comportamiento, posibilidades de transformación o estabilidad de los materiales, así como la relación que establecen con el artista y el espectador. A través de procedimientos industriales, térmicos o mecánicos, explora los límites de los materiales y sus procesos de transformación. Así, cuando Pino nos habla de su interés para estudiar cómo la viscosidad se convierte en sólida, se sitúa en el mismo plano que Antoni Llena, cuando asiste imperturbable al marchitamiento y declive de sus delicados papeles.

Esta pobreza contingente hace evidente la fragilidad de nuestro mundo que se rompe y la avidez humana que lo pone en peligro, hasta situarlo en la posición más extrema vívida hasta ahora per nuestra especie. Es en esta misma precariedad, querida o forzada, que se encuentra paradójicamente una semilla de esperanza para el ser humano, si bien algunos filósofos como Timothy Morton y la teoría de la Dark Ecology (Columbia University Press, 2015) aseguran que la recuperación del planeta tendrá que pasar por abolir la creencia en la centralidad de la humanidad.

La toma de conciencia de la futilidad humana se ha ampliado a la del planeta. Esta sensibilidad actual se suma a la sucesión de concepciones de la naturaleza que se han dado a lo largo de la historia del arte, si bien ahora nos encontramos delante, quizás, de la más apocalíptica. La llamada a la lucha para volver a conectar con la naturaleza y ser capaces de compartir en nivel de igualdad con los demás habitantes del planeta unos recursos que, como ya sabemos, son finitos, es una alentada de esperanza. Podemos hablar de un ecologismo contemporáneo a la base del arte de estos dos artistas que revela una actitud íntimamente y profundamente política.

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Lucía C. Pino se aboca a la posibilidad de crear nuevos espacios de existencia, nuevos lugares artificiales donde a escondidas o no, oiremos latir de nuevo la vida que creíamos casi extinguida. La exposición de Lucía C. Pino al espacio 13 de la Fundació Miró el año 2018 era, en palabras de su comisaria Alexandra Laudo, “la construcción, desde la especulación escultórica”, de un reducto insular futuro, un paisaje de ciencia ficción semiaislado en que el elemento tóxico y residual no se distingue ya del biológico y en que cables, cristales, tubos de luz, agua y hasta todas las personas mismas que deambulan, establecen entre ellas relaciones de equivalencia” (Fundació Joan Miró, 2013). Estableciendo nuevas formas de relación, Pino prueba de reinventar los vínculos que los humanos tenemos con la materia y configura un paisaje imaginario, no jerarquizado. En referencia a su proyecto “Full Fantom Five”, título de un poema de Silvia Path (Penguin Random House, 1957) y de un texto de William Shakespeare, dice que piensa en una especie de espectro, un sujeto politizado que busca el disfrute y la acción política a través de una estética, un ser político que sabe que su presente es un mundo colapsado, pero que conserva intuiciones y sospechas, con un cierto grado de esperanza.

No podemos dejar de preguntarnos si este espectro puede tener alguna relación con los fantasmas que transitan las obras de Antoni Llena (Galeria Antoni Tàpies, Edicions T, 1999), paradójicas personificaciones de la imaginación que identifica con la realidad, enfrentados con la fantasía de eternidad y trascendencia que materializan sus “dólmenes.”

Ambos, los fantasmas de Antoni Llena y los espectros de Lucía C. Pino, contienen la íntima creencia en un posible y esperanzador futuro.

 

Extracto del texto curatorial de Antònia Maria Perelló.