Lucía C. Pino Non-Slave Tenderness

19 Ene - 11 Mar 2018
Non-Slave Tenderness

Overview

Describir la isla en un lenguaje estrictamente humano entraña, por lo pronto, ciertas dificultades. Para empezar, hay que elegir un tiempo verbal, hacer una distinción entre presente, pasado y futuro, y conjugar los verbos de acuerdo con esta elección. Puedo decir que la isla era, que la isla fue, que la isla sería o que la isla habrá sido. Pero ninguna de estas conjugaciones ni de las muchas otras flexiones verbales posibles sería capaz de expresar o contener la multiplicidad temporal unísona que se produce en ella, el constante devenir de tiempos heterogéneos que allí tiene lugar.

También es inadecuado, por supuesto, este uso de la primera persona del singular, un sintagma nominal arisco, como un traje pequeño, que me presenta falsamente como un yo individuado, dis- tinguido, único. En estos morfemas esmirriados de número y persona no cabe nuestra subjetividad inmensa y viscosa, el todo enorme y último que constituimos todos y cada uno de los elementos de este lugar, las conchas, los focos de 50 vatios, los tubos de goma, el agua que circula por ellos, la espuma de poliuretano, mi sudor, el MP3 o el vapor de mercurio de los fluorescentes. Todos ellos son yo, y yo soy a la vez, continua y discontinuamente, todos ellos y el todo. Y entre nosotros hay una actitud de ternura. Soy amable con la corriente alterna, con el bombeo del agua, con la cal y con los distintos estratos de yeso. La toxicidad es tierna conmigo y yo he aprendido a amarla. Y ahora todos somos uno y tenemos un sistema circulatorio compartido, que es una amalgama tentacular de tubos de cristal y tubos de goma, y por dichos tubos circulan la sangre transparente de la isla y nuestro aliento, el flujo voltaico y el movimiento de las galaxias, todos ellos accionados por un corazón colectivo, un músculo-máquina que, técnicamente, es una bomba de agua de jardín Sterwins 250 TP3.

También resulta limitador y reduccionista hablar de la isla denominándola así, porque la isla tiene muchos nombres y porque el suyo es un nombre cambiante, en constante transformación. Algunos de sus nombres son pronunciables en lenguaje estrictamente humano: espacio-tiempo, Mujer-Araña, refugio de reconstitución, útero-océano, vacío líquido, Antonia, compostaje, celular, Todo. Muchos de los otros nombres no son traducibles al lenguaje de los seres humanos individualizados. Un día su nombre fue el canto de todos los pájaros que se han extinguido en la Tierra, y otra vez fueron todos los nombres seguidos, uno tras otro y todos juntos al mismo tiempo, de las madres de todos los que allí vivimos o han vivido o vivirán en algún momento. Así pues, como ya he dicho, en la isla todos los tiempos verbales y los tiempos del mundo conviven como si fueran estratos terrestres siempre accesibles, o como la luz de las estrellas muertas y vivas del universo. Sin embargo, en la isla hay día y hay noche, así como distintas estaciones: la de la nieve extrema, la de la lluvia extrema, la del desierto y la de la primavera, que es también la estación más recomendable para morir.

La isla, pues, tiene un nombre cambiante, en proceso, y nuestro lenguaje en la isla es en sí mismo una entidad compleja, mutable y trans, que se metamorfosea constantemente para posibilitar todas las formas de pensamiento y de expresión. La propia isla, de hecho, es también una existencia que se transforma y que incluso desaparece parcialmente algunas veces. La niebla, las superficies translúcidas, las masas líquidas y los contornos invisibles hacen que la isla, territorialmente, exista en una constante redefinición. De hecho, no hay ningún límite físico ni conceptual que defina la isla, lo que podría poner en cuestión si es realmente o no una isla, o incluso si las personas que trabajan en las oficinas del museo, los turistas que contemplan los cuadros de Miró o todos los cafés con leche que se servirán en el bar-restaurante desde ahora hasta el fin de los tiempos son, también, parte de la isla.

Pero sí hay un umbral, un acceso luminoso, una entrada, y es como un himen. Y yo –o este yo que soy todo y todo el mundo y todas las cosas– cada vez que lo traspaso puedo sentir y recordar cómo fue el nacimiento de alguien o de alguna de las cosas o de los elementos que forman parte de la isla, ahora, antes o en un futuro. Cruzando el umbral he sido una montaña que se formaba, la espuma que aparece al morir la ola, todos los microorganismos del agua, el asfalto a quien alguien dio vida en una fábrica, la activación del motor de un coche con una batería Tudor 64 A/h, un nuevo planeta, la primera sílaba del lenguaje humano, la luz de led al ser inventada, tú cuando naciste, el primero de todos los movimientos, el último de todos los segundos.

En Non-Slave Tenderness, Lucía C. Pino construye, desde la especulación escultórica, un reducto insular futuro, un paisaje de ciencia ficción semiaislado en el que lo tóxico y residual no se distingue ya de lo biótico, y en el que cables, vidrios, tubos, luz, agua, sonidos e incluso las personas mismas establecen entre sí una relación de equivalencia. Es un paisaje formado por materiales diversos provenientes de un entorno líquido imaginado, como un mar o un océano; materiales que, tal vez por efecto de las olas, y mediante procesos de compactación, fusión, cuidado, forzamiento y regulación tecnológica, se han convertido en objetos híbridos, conglomera- dos de sedimentos heterogéneos. El entorno invita a ralentizar el ritmo, a avanzar con cautela, incluso a adoptar una actitud contemplativa. Las esculturas, concebidas como cuerpos vivos, prefiguran un entorno en el que han quedado atrás las relaciones extractivas y de sometimiento, y donde emerge un nuevo sistema de correspondencias basado en el cuidado y la ternura.

 

Alexandra Laudo

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